Le sucedida en ocasiones, algunas veces, en que de en medio de sus interminables soliloquios llegaba a una formula que de pronto descubría había sido pronunciada por ella, Por ella en alguna conversación al vuelo –de qué, será del tiempo quizás. En eso caía en cuenta de que llevaba días, semanas, o en ocasiones meses -¿llegarán a ser los años?- dándole vueltas a algo que nunca más volvería a ser pronunciado por sus labios.
Le sucedió en una ocasión, que dio justo con ese pensamiento, el que en secreto motivaba su cavilación. Dispúsose a escribir esto, pero como en todo, en nada le salió. Era justo la conmoción de dos galaxias a punto de hacer implosión al momento previo de su conjunción, un hecho que nadie dictaminó. Ninguno de los enigmas tenia solución, eran proposiciones de imposible demostración, aun así, por más que se habían jurado no convocar a los muertos, de cierta manera ambos esperaban la resurrección.
En su ultima –decente cabría decir- conversación, una de aquellas donde realmente no existe el tiempo, ella realizó una interesante suposición. Tal propuesta implicaba de facto un deslizamiento de posición, era innegable que él también la hacia pensar, en qué términos, venga, nadie lo sabrá. El asunto fue que imperceptiblemente ella, de negar rotundamente eso que alguien llama razón, concedió en la pertenencia de la misma, pero paso seguido, prosiguió a declarar su nulidad, no de la razón, sino de ella misma, inmerecedora de dicha atención...
Le sucedió en alguna ocasión que tuvo conciencia de su reflexión, obvio, en ese momento su pensamiento se espejeo procediendo en el dinamismo de la autentica especulación, y en ese momento recordó las palabras dichas en aquella ultima ocasión, donde tajante y desesperanzadamente ella le dijo De todas maneras no me vas a escuchar. El autor no es que quiera hacer espectáculo de agudeza, de ingenio, de ostentación, mucho menos cuando se refiere a terceros, pero es posible, que nadie la escuchara como él –no el autor- como él la escuchó. Lo que propiamente su cabeza repitió no será consignado en esta pequeña fabulación, pero le sucedió, un día después de restablecer las instancias diplomáticas de (in) sana comunicación, encontrar un argumento que lo hizo sonreír de la paradójica y soberbia declaración.
Nada es sin fundamento
Nada es sin fundamento
Repitió
Era esa soberbia, deseo de desasimiento, lo que al fin y al cabo desde el principio lo enamoró. Nada.
¿Cómo podía estar él tan seguro de la inminente colisión? La razón era esa soberbia nada que en su desaforado deseo de nulidad traspiraba la misma esencia del Ser, algo parecido al estribillo de Beethoven que Tomas no se cansó de conjurar convirtiéndolo en el secreto designio, no como un sino, sino más bien como destino, una prudente distinción que a voces un autor español le había susurrado la noche anterior.